Chabela estaba embarazada. El frío moteaba la madrugada de ese Octubre de mil-novecientos-no-recuerdo. Fuera de su casa, la calle se había convertido en un tétrico congelador.
Se sobó la barriga.
El aguijón del frío se colaba por su ventana y con él un extraño sonido. Era un traqueteo inquieto, sólido, hueco, contra la gravilla. Era algo como…
Curioseó. Aquello le quemó las pupilas. El muchacho estuvo a un tris de salírsele por la boca. ¿Era el muchacho o el pánico lo que la estrangulaba? Una espantosa gota fría le recorrió la espalda y la apartó de la ventana de un soplo. ¡Un burro! ¡Y sin cabeza! Sobre aquel animal un hombre miraba para todos lados, desesperadamente perdido… y luego la miró. La miró con ojos aterradoramente penetrantes. Rojos. Chirriantes. Chabela se metió debajo las sabanas y se aferró a su barriga, protegiendo al retoño de aquello. Se quedó ahí hasta ver la mañana atravesar su ventana.
Únicamente supo de aquello su mejor amiga, quien me lo contara una noche. Un cuento diferente de la abuela antes de ir a dormir era común. Y no me aterraba la noche, los cuentos le restaban importancia alguna. Sólo saber que lo que contaba ocurría a un par de pasos de nuestra casa era en sí aterrador…
Por un tiempo Chabela durmió con un ojo abierto y otro cerrado. ¿Cómo pudo haber visto a un Centauro? Tal vez un par de nísperos o tamarindo chino de un voraz antojo nocturno pudieron haberlo creado. No lo sé, y nunca lo sabré. Chabela aún vive, pero no está en condiciones como para explicarlo.
sábado, 26 de noviembre de 2011
jueves, 17 de noviembre de 2011
LA MONEDA REDENTORA
Santiago olía a fiesta.
Su perfume podía inhalarlo cuanta mujer se encontrara a kilómetros. En su mente, mujeres bellas y todo el licor que embelleciera a las feas... Pero tenía que pasar por ese camino. Santiago había retornado a casa en la madrugada, luego de aquella fiesta, sudoroso y más pálido que el papel. Temblaba. Su madre lo sintió a un lado en la cama. Desembuchó lo ocurrido cuando se repuso del temblor que había alterado cada fibra de su cuerpo.
Ese camino…
Camino penumbroso y solitario.
Rumbo a la juerga, un bulto de harapos tiznados le había salido al paso. El cabello, grasiento, le partía la frente. Una indigente, pensó. Se hurgó los bolsillos. Una moneda se vino entre sus dedos y se la extendió. La mujer solo clavó sus enrojecidos ojos en él. Encogida, tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Las manos, gangrenadas, terminaban en largos dedos de uñas de igual largo. Santiago dejó la moneda sobre un muro a un lado y continuó su camino.
De regreso a casa, amainó los pasos donde se encontrara con aquella mujer. No la había recordado. La fiesta lo había consumido hasta los tuétanos y él había hecho lo mismo con cuanto trago le había pasado por la nariz. Lo que vio lo detuvo. Sobre aquel muro, un bulto.
Quiso continuar, pero curiosidad pudo más que borrachera. Se acercó.
Aquel bulto era un vómito de harapos y cabellos. A un lado, la moneda brillaba con la luz de la luna. Santiago se alejó, sin saber lo que pasaba. Miró hacia atrás, nada. Al volver la vista al camino, se congeló. Se le encogió la entrepierna. “¡Compa!”, gritó en su cara un hombre, “No juérva a metése porái, ¿oyó?” Santiago volvió a tragarse el corazón. Luego, lo que escuchó de aquel hombre lo aterró: “¡Mire que po' esos laos sale LA MUERTE!.."
Santiago aceleró el paso al ritmo del corazón que le latía en la garganta. Sudó todo el licor que llevaba en las venas.
Hasta el sol de hoy, Santiago asegura, sin lugar a dudas, que algo terrible le hubiese ocurrido esa noche de no haberle pagado antes a la muerte con aquella moneda.
Santiago aceleró el paso al ritmo del corazón que le latía en la garganta. Sudó todo el licor que llevaba en las venas.
Hasta el sol de hoy, Santiago asegura, sin lugar a dudas, que algo terrible le hubiese ocurrido esa noche de no haberle pagado antes a la muerte con aquella moneda.
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