El camino que llevaba a la escuela se había desvanecido para Linda. De hecho, ese día, su pupitre quedó vacío. Las maestras de cuarto grado notaron su ausencia y pensaron que tal vez se había enfermado. Peor. Sus compañeritos la extrañaron. Menos la niña rubia de las muñecas caras que se sentaba todos los días a su lado. La zona no era para una escuela. El barrio La Trinidad es Rojo; aun viviendo las Hermanitas de la Caridad. La droga y las armas se pueden oler como el pan caliente al entrar a una panadería. Matones, jíbaros… pero ¿un monstruo? Era increíble escuchar aquello. Y desconcertante. O lo que le faltaba al barrio: Un monstruo.
Linda salió a la escuela esa mañana, sola, como siempre. Pero no llegó. No llamaron de la escuela. ¿Para qué? Solo había perdido un día de clases. No regresó a casa. Tres cuadras de la escuela a su casa, seis de la tarde, y no regresaba. Matones. Jíbaros. ¡Anda, prueba!… Y los cuentos de camino. ¿Se la tragó un callejón? Cuento de camino. ¡Ahora la llevo y la traigo yo misma! No, mamá, no podrás. Sentir su mano apretando la tuya como cuando la llevaste a aquel terreno a ver los animales del circo, ya no. La voy a matar cuando la encuentre. ¿En casa de una amiguita? No. En el patio trasero de una casa del barrio. Sangre en sus delicadas piernas y su frágil cuellito hacia atrás. Hojas secas cubriendo su pequeño cuerpo amoratado. No, mamá, no podrás. Sus compañeritos no lo entendían. La niña rubia de las muñecas caras lloró. Las maestras… Solo un monstruo pudo haberlo hecho; esos a los que les temes y sientes salir de debajo de tu cama, pero real.
El Monstruo de la Trinidad, lo llamó la prensa. Treinta años sumó el juez a los 45 vividos por José Rodríguez. Los de Linda habían sido solo ocho. “Una jaula castiga”, encontró José escrito en la pared de su celda. Él escribió otra frase debajo de ésta antes de que la voz de Linda estallara en su cabeza y le amarrara las sábanas al cuello en medio del insomnio. Los guardias encontraron su cuerpo colgando de la reja de la celda. Frente a éste, aquella frase: “Una jaula castiga… PERO A VECES NO ES SUFICIENTE.”