Sigue al escritor H. J. Alfonzo

viernes, 9 de marzo de 2012

EL MONSTRUO DE LA TRINIDAD

El siguiente micro cuento está basado en un hecho real ocurrido a un par de cuadras de mi casa en Cumaná cuando yo apenas era un adolescente.

El camino que llevaba a la escuela se había desvanecido para Linda. De hecho, ese día, su pupitre quedó vacío. Las maestras de cuarto grado notaron su ausencia y pensaron que tal vez se había enfermado. Peor. Sus compañeritos la extrañaron. Menos la niña rubia de las muñecas caras que se sentaba todos los días a su lado. La zona no era para una escuela. El barrio La Trinidad es Rojo; aun viviendo las Hermanitas de la Caridad. La droga y las armas se pueden oler como el pan caliente al entrar a una panadería. Matones, jíbaros… pero ¿un monstruo? Era increíble escuchar aquello. Y desconcertante. O lo que le faltaba al barrio: Un monstruo.

               Linda salió a la escuela esa mañana, sola, como siempre. Pero no llegó. No llamaron de la escuela. ¿Para qué? Solo había perdido un día de clases. No regresó a casa. Tres cuadras de la escuela a su casa, seis de la tarde, y no regresaba. Matones. Jíbaros. ¡Anda, prueba!… Y los cuentos de camino. ¿Se la tragó un callejón? Cuento de camino. ¡Ahora la llevo y la traigo yo misma! No, mamá, no podrás. Sentir su mano apretando la tuya como cuando la llevaste a aquel terreno a ver los animales del circo, ya no. La voy a matar cuando la encuentre. ¿En casa de una amiguita? No. En el patio trasero de una casa del barrio. Sangre en sus delicadas piernas y su frágil cuellito hacia atrás. Hojas secas cubriendo su pequeño cuerpo amoratado. No, mamá, no podrás. Sus compañeritos no lo  enten­dían. La niña rubia de las muñecas caras lloró. Las maestras… Solo un monstruo pudo haberlo hecho; esos a los que les temes y sientes salir de debajo de tu cama, pero real.

                 El Monstruo de la Trinidad, lo llamó la prensa. Treinta años sumó el juez a los 45 vividos por José Rodríguez. Los de Linda habían sido solo ocho. “Una jaula castiga”, encontró José escrito en la pared de su celda. Él escribió otra frase debajo de ésta antes de que la voz de Linda estallara en su cabeza y le amarrara las sábanas al cuello en medio del insomnio. Los guardias encontraron su cuerpo colgando de la reja de la celda. Frente a éste, aquella frase: “Una jaula castiga… PERO A VECES NO ES SUFICIENTE.”

viernes, 23 de diciembre de 2011

LA NOCHE DE LA SOMBRA (El Mensajero)

El siguiente cuento pertenece al novel escritor Thomas Earwig y fue encontrado entre sus muchos escritos luego de su muerte en 2011. Antes de morir, Thomas Earwig me lo confirió sin aclararme si ocurrió realmente o sólo fue producto de su exquisitamente oscura imaginación. Lo cierto es que míster Earwig hablaba siempre de una sombra a la cual llamaba "El Mensajero".





Cada vez que Mario bajaba al sótano, donde estaba el lavadero, siempre era lo mismo. Los golpes secos de la máquina lavadora le taladraban el cráneo una y otra vez como el segundero estresante de un reloj. Eugenia había sido todo para él. Todo. Su recuerdo lo atormentaba. Imaginarla allí, vertiendo el canasto de ropa en las fauces del aparato, vistiendo shorts que daban paso a sus torneadas piernas, era una verdadera tortura. A mí no me engañas, Mario, escuchaba siempre en el último peldaño de las escaleras del sótano, ¿la extrañas? Aquella espigada sombra había tenido razón: los desaparecidos no regresan nunca. ¿Por qué tuvo que pasar? Lloraba. En el último peldaño de la escalera, Mario lloraba.

               La Sombra. Había estado allí, en la cabecera de su cama, la noche en que Eugenia desapareció. Los mensajeros no mienten: los desaparecidos no regresan nunca. Esa noche, la noche de la sombra, él sintió a Eugenia a un lado, el lado izquierdo de la cama, su lugar, y, entre el sueño, ella le había susurrado algo al oído... Al pasar su mano, ya no la sintió. Se había ido. Sintió el cuerpo acalambrado. Deseó no haber visto aquella sombra, dar oídos a lo que decía. Parecía un monje oscuro, musitaba como la brisa nocturna al pasar entre las ramas de un árbol sin hojas. Lo miraba con las cuencas de los ojos vacías: los desaparecidos no regresan nunca. Lo sabía, sabía eso que tanto le susurraba aquella sombra, y no había marcha atrás.

Ahora Eugenia era un recuerdo. Mirarla ahí, en el piso, sobre una sábana de sangre, con los ojos perdidos en los de él, era lo que le quedaba. Sentado en el último peldaño de las escaleras del sótano, Mario lloraba. Escuchaba en su cabeza el golpeteo de la loza quebrándola al son de la lavadora, los rasguños metálicos de pala al hacer el hoyo, el susurro de Eugenia… Te estoy engañando, Mario. Una vez más su dulce voz. Ojos inertes y cemento fresco en el rostro de ella… y el cuchillo clavado en su cráneo. La sombra mirándolo desde aquellas cuencas vacías. A mí no me engañas, Mario, ¿la extrañas?, escuchaba ahora. Mario apagó las luces y subió las escaleras como todos los días, sollozando. Aquella sombra tenía razón, los desaparecidos no regresan nunca. Al fin y al cabo, los mensajeros no mienten.

jueves, 8 de diciembre de 2011

El Visitante

Si me va a llevar a mí, que se la lleve también a ella, pensó aterrado Santiago. Había sido una mala noche para él. Fuera, a lo lejos, los perros habían estado ladrando lo suficiente como para querer levantarse y echarles agua hirviendo encima. ¿A qué demonios ladraban a esa hora de la madrugada? O ¿a quién? A algún borracho de la zona, era típico en esos endemoniados animales. Y el lugar estaba superpoblada de ambas especies. Tal vez era la luna la que endemoniaba a los perros. La luna. Estaba extraña esa madrugada. Blanca, pálida. La luz que proyectaba era amarillenta, pero la que la rodeaba era intensa. Luz amarillo intenso como si de ella saliera pus. Extraña.

Perros ladrando en la lejanía. Que madrugada. Santiago se levantó y fue a la cocina, no a hervir agua para echársela a los perros, no, sino a tomar un poco de la fría que guardaba su nevera. Caminó de regreso a la cama a tratar de retomar el sueño. Luego de un rato de recostar la cabeza sobre la mullida almohada fue que lo vio. ¿De dónde había salido aquello? Él estaba acostumbrado a ver y sentir cosas extrañas, pero aquello había pasado por desapercibido. Lo único que había sentido en la cocina —de vuelta a su cuarto— había sido un frío repentino que le subió por los talones y se le había metido por debajo de la franelilla: el aliento frío saliendo de la boca de la nevera al cerrarla. Entornó los ojos…

Una sombra como de metro y medio estaba parada en el umbral de la puerta de su cuarto. Él no tenía hijos, ni pensaba tenerlos. De haberlos tenido hubiese pensado que era uno de ellos queriendo metérsele en la cama porque tuvo una pesadilla. Pero lo que estaba allí, a su puerta, no era un niño; parecía uno, pero el sombrero de copa alta que llevaba acicalado en la cabeza hacía pensar que no era un niño. Definitivamente no lo era. Santiago se congeló. Trató de darse la vuelta, pero no pudo. Acalambrado observó cómo aquel enano se le acercaba a la pata de la cama. Ni siquiera dio zancadas, caminó sin caminar. Como subido a una nube. ¿Me llegó la hora? Sí. ¿Han venido por mí? Sí. O tal vez no. Tal vez era una advertencia. Y lo que oyó de boca de aquel visitante, aunque no lo entendiera, parecía una advertencia. Lo era. Los perros callaron como queriendo escuchar al hombrecillo. ¡Habla al revés!, se dijo Santiago. ¿Le había hablado revés o en alguna lengua antigua? Tal vez irlandés. Él nunca lo supo. Pudo voltearse en el momento en que el hombrecillo se inclinaba en su oreja para decirle el mensaje. Al lado izquierdo de la cama estaba su mujer, dormida. Santiago se aferró a ella, temblando. Se aferró fuertemente.

Aquel retorcido mensaje aún resonaba en sus oídos cuando el calambre que le envolvía el cuerpo lo abandonaba. ¿Qué demonios había sido eso? Si me va a llevar a mí, que se la lleve también a ella, Santiago pensó que era justo por los largos años al lado de su mujer, ¡También a ella! Al rato se quedó dormido.

sábado, 26 de noviembre de 2011

La Madrugada del Jinete

Chabela estaba embarazada. El frío moteaba la madrugada de ese Octubre de mil-novecientos-no-recuerdo. Fuera de su casa, la calle se había convertido en un tétrico congelador.

Se sobó la barriga.

El aguijón del frío se colaba por su ventana y con él un extraño sonido. Era un traqueteo inquieto, sólido, hueco, contra la gravilla. Era algo como…

Curioseó. Aquello le quemó las pupilas. El muchacho estuvo a un tris de salírsele por la boca. ¿Era el muchacho o el pánico lo que la estrangulaba? Una espantosa gota fría le recorrió la espalda y la apartó de la ventana de un soplo. ¡Un burro! ¡Y sin cabeza! Sobre aquel animal un hombre miraba para todos lados, desesperadamente perdido… y luego la miró. La miró con ojos aterradoramente penetrantes. Rojos. Chirriantes. Chabela se metió debajo las sabanas y se aferró a su barriga, protegiendo al retoño de aquello. Se quedó ahí hasta ver la mañana atravesar su ventana.

Únicamente supo de aquello su mejor amiga, quien me lo contara una noche. Un cuento diferente de la abuela antes de ir a dormir era común. Y no me aterraba la noche, los cuentos le restaban importancia alguna. Sólo saber que lo que contaba ocurría a un par de pasos de nuestra casa era en sí aterrador…

Por un tiempo Chabela durmió con un ojo abierto y otro cerrado. ¿Cómo pudo haber visto a un Centauro? Tal vez un par de nísperos o tamarindo chino de un voraz antojo nocturno pudieron haberlo creado. No lo sé, y nunca lo sabré. Chabela aún vive, pero no está en condiciones como para explicarlo.

jueves, 17 de noviembre de 2011

LA MONEDA REDENTORA



Santiago olía a fiesta.


Su perfume podía inhalarlo cuanta mujer se encontrara a kilómetros. En su mente, mujeres bellas y todo el licor que embelleciera a las feas... Pero tenía que pasar por ese camino. Santiago había retornado a casa en la madrugada, luego de aquella fiesta, sudoroso y más pálido que el papel. Temblaba. Su madre lo sintió a un lado en la cama. Desembuchó lo ocurrido cuando se repuso del temblor que había alterado cada fibra de su cuerpo.


Ese camino… 

Camino penumbroso y solitario. 

Rumbo a la juerga, un bulto de harapos tiznados le había salido al paso. El cabello, grasiento, le partía la frente. Una indigente, pensó. Se hurgó los bolsillos. Una moneda se vino entre sus dedos y se la extendió. La mujer solo clavó sus enrojecidos ojos en él. Encogida, tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Las manos, gangrenadas, terminaban en largos dedos de uñas de igual largo. Santiago dejó la moneda sobre un muro a un lado y continuó su camino.

De regreso a casa, amainó los pasos donde se encontrara con aquella mujer. No la había recordado. La fiesta lo había consumido hasta los tuétanos y él había hecho lo mismo con cuanto trago le había pasado por la nariz. Lo que vio lo detuvo. Sobre aquel muro, un bulto. 

Quiso continuar, pero curiosidad pudo más que borrachera. Se acercó. 

Aquel bulto era un vómito de harapos y cabellos. A un lado, la moneda brillaba con la luz de la luna. Santiago se alejó, sin saber lo que pasaba. Miró hacia atrás, nada. Al volver la vista al camino, se congeló. Se le encogió la entrepierna. “¡Compa!”, gritó en su cara un hombre, “No juérva a metése porái, ¿oyó?” Santiago volvió a tragarse el corazón. Luego, lo que escuchó de aquel hombre lo aterró: “¡Mire que po' esos laos sale LA MUERTE!.." 


Santiago aceleró el paso al ritmo del corazón que le latía en la garganta. Sudó todo el licor que llevaba en las venas.


Hasta el sol de hoy, Santiago asegura, sin lugar a dudas, que algo terrible le hubiese ocurrido esa noche de no haberle pagado antes a la muerte con aquella moneda.