Chabela estaba embarazada. El frío moteaba la madrugada de ese Octubre de mil-novecientos-no-recuerdo. Fuera de su casa, la calle se había convertido en un tétrico congelador.
Se sobó la barriga.
El aguijón del frío se colaba por su ventana y con él un extraño sonido. Era un traqueteo inquieto, sólido, hueco, contra la gravilla. Era algo como…
Curioseó. Aquello le quemó las pupilas. El muchacho estuvo a un tris de salírsele por la boca. ¿Era el muchacho o el pánico lo que la estrangulaba? Una espantosa gota fría le recorrió la espalda y la apartó de la ventana de un soplo. ¡Un burro! ¡Y sin cabeza! Sobre aquel animal un hombre miraba para todos lados, desesperadamente perdido… y luego la miró. La miró con ojos aterradoramente penetrantes. Rojos. Chirriantes. Chabela se metió debajo las sabanas y se aferró a su barriga, protegiendo al retoño de aquello. Se quedó ahí hasta ver la mañana atravesar su ventana.
Únicamente supo de aquello su mejor amiga, quien me lo contara una noche. Un cuento diferente de la abuela antes de ir a dormir era común. Y no me aterraba la noche, los cuentos le restaban importancia alguna. Sólo saber que lo que contaba ocurría a un par de pasos de nuestra casa era en sí aterrador…
Por un tiempo Chabela durmió con un ojo abierto y otro cerrado. ¿Cómo pudo haber visto a un Centauro? Tal vez un par de nísperos o tamarindo chino de un voraz antojo nocturno pudieron haberlo creado. No lo sé, y nunca lo sabré. Chabela aún vive, pero no está en condiciones como para explicarlo.
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