Sigue al escritor H. J. Alfonzo

jueves, 17 de noviembre de 2011

LA MONEDA REDENTORA



Santiago olía a fiesta.


Su perfume podía inhalarlo cuanta mujer se encontrara a kilómetros. En su mente, mujeres bellas y todo el licor que embelleciera a las feas... Pero tenía que pasar por ese camino. Santiago había retornado a casa en la madrugada, luego de aquella fiesta, sudoroso y más pálido que el papel. Temblaba. Su madre lo sintió a un lado en la cama. Desembuchó lo ocurrido cuando se repuso del temblor que había alterado cada fibra de su cuerpo.


Ese camino… 

Camino penumbroso y solitario. 

Rumbo a la juerga, un bulto de harapos tiznados le había salido al paso. El cabello, grasiento, le partía la frente. Una indigente, pensó. Se hurgó los bolsillos. Una moneda se vino entre sus dedos y se la extendió. La mujer solo clavó sus enrojecidos ojos en él. Encogida, tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Las manos, gangrenadas, terminaban en largos dedos de uñas de igual largo. Santiago dejó la moneda sobre un muro a un lado y continuó su camino.

De regreso a casa, amainó los pasos donde se encontrara con aquella mujer. No la había recordado. La fiesta lo había consumido hasta los tuétanos y él había hecho lo mismo con cuanto trago le había pasado por la nariz. Lo que vio lo detuvo. Sobre aquel muro, un bulto. 

Quiso continuar, pero curiosidad pudo más que borrachera. Se acercó. 

Aquel bulto era un vómito de harapos y cabellos. A un lado, la moneda brillaba con la luz de la luna. Santiago se alejó, sin saber lo que pasaba. Miró hacia atrás, nada. Al volver la vista al camino, se congeló. Se le encogió la entrepierna. “¡Compa!”, gritó en su cara un hombre, “No juérva a metése porái, ¿oyó?” Santiago volvió a tragarse el corazón. Luego, lo que escuchó de aquel hombre lo aterró: “¡Mire que po' esos laos sale LA MUERTE!.." 


Santiago aceleró el paso al ritmo del corazón que le latía en la garganta. Sudó todo el licor que llevaba en las venas.


Hasta el sol de hoy, Santiago asegura, sin lugar a dudas, que algo terrible le hubiese ocurrido esa noche de no haberle pagado antes a la muerte con aquella moneda. 

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