Sigue al escritor H. J. Alfonzo

jueves, 8 de diciembre de 2011

El Visitante

Si me va a llevar a mí, que se la lleve también a ella, pensó aterrado Santiago. Había sido una mala noche para él. Fuera, a lo lejos, los perros habían estado ladrando lo suficiente como para querer levantarse y echarles agua hirviendo encima. ¿A qué demonios ladraban a esa hora de la madrugada? O ¿a quién? A algún borracho de la zona, era típico en esos endemoniados animales. Y el lugar estaba superpoblada de ambas especies. Tal vez era la luna la que endemoniaba a los perros. La luna. Estaba extraña esa madrugada. Blanca, pálida. La luz que proyectaba era amarillenta, pero la que la rodeaba era intensa. Luz amarillo intenso como si de ella saliera pus. Extraña.

Perros ladrando en la lejanía. Que madrugada. Santiago se levantó y fue a la cocina, no a hervir agua para echársela a los perros, no, sino a tomar un poco de la fría que guardaba su nevera. Caminó de regreso a la cama a tratar de retomar el sueño. Luego de un rato de recostar la cabeza sobre la mullida almohada fue que lo vio. ¿De dónde había salido aquello? Él estaba acostumbrado a ver y sentir cosas extrañas, pero aquello había pasado por desapercibido. Lo único que había sentido en la cocina —de vuelta a su cuarto— había sido un frío repentino que le subió por los talones y se le había metido por debajo de la franelilla: el aliento frío saliendo de la boca de la nevera al cerrarla. Entornó los ojos…

Una sombra como de metro y medio estaba parada en el umbral de la puerta de su cuarto. Él no tenía hijos, ni pensaba tenerlos. De haberlos tenido hubiese pensado que era uno de ellos queriendo metérsele en la cama porque tuvo una pesadilla. Pero lo que estaba allí, a su puerta, no era un niño; parecía uno, pero el sombrero de copa alta que llevaba acicalado en la cabeza hacía pensar que no era un niño. Definitivamente no lo era. Santiago se congeló. Trató de darse la vuelta, pero no pudo. Acalambrado observó cómo aquel enano se le acercaba a la pata de la cama. Ni siquiera dio zancadas, caminó sin caminar. Como subido a una nube. ¿Me llegó la hora? Sí. ¿Han venido por mí? Sí. O tal vez no. Tal vez era una advertencia. Y lo que oyó de boca de aquel visitante, aunque no lo entendiera, parecía una advertencia. Lo era. Los perros callaron como queriendo escuchar al hombrecillo. ¡Habla al revés!, se dijo Santiago. ¿Le había hablado revés o en alguna lengua antigua? Tal vez irlandés. Él nunca lo supo. Pudo voltearse en el momento en que el hombrecillo se inclinaba en su oreja para decirle el mensaje. Al lado izquierdo de la cama estaba su mujer, dormida. Santiago se aferró a ella, temblando. Se aferró fuertemente.

Aquel retorcido mensaje aún resonaba en sus oídos cuando el calambre que le envolvía el cuerpo lo abandonaba. ¿Qué demonios había sido eso? Si me va a llevar a mí, que se la lleve también a ella, Santiago pensó que era justo por los largos años al lado de su mujer, ¡También a ella! Al rato se quedó dormido.

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