Sigue al escritor H. J. Alfonzo

viernes, 23 de diciembre de 2011

LA NOCHE DE LA SOMBRA (El Mensajero)

El siguiente cuento pertenece al novel escritor Thomas Earwig y fue encontrado entre sus muchos escritos luego de su muerte en 2011. Antes de morir, Thomas Earwig me lo confirió sin aclararme si ocurrió realmente o sólo fue producto de su exquisitamente oscura imaginación. Lo cierto es que míster Earwig hablaba siempre de una sombra a la cual llamaba "El Mensajero".





Cada vez que Mario bajaba al sótano, donde estaba el lavadero, siempre era lo mismo. Los golpes secos de la máquina lavadora le taladraban el cráneo una y otra vez como el segundero estresante de un reloj. Eugenia había sido todo para él. Todo. Su recuerdo lo atormentaba. Imaginarla allí, vertiendo el canasto de ropa en las fauces del aparato, vistiendo shorts que daban paso a sus torneadas piernas, era una verdadera tortura. A mí no me engañas, Mario, escuchaba siempre en el último peldaño de las escaleras del sótano, ¿la extrañas? Aquella espigada sombra había tenido razón: los desaparecidos no regresan nunca. ¿Por qué tuvo que pasar? Lloraba. En el último peldaño de la escalera, Mario lloraba.

               La Sombra. Había estado allí, en la cabecera de su cama, la noche en que Eugenia desapareció. Los mensajeros no mienten: los desaparecidos no regresan nunca. Esa noche, la noche de la sombra, él sintió a Eugenia a un lado, el lado izquierdo de la cama, su lugar, y, entre el sueño, ella le había susurrado algo al oído... Al pasar su mano, ya no la sintió. Se había ido. Sintió el cuerpo acalambrado. Deseó no haber visto aquella sombra, dar oídos a lo que decía. Parecía un monje oscuro, musitaba como la brisa nocturna al pasar entre las ramas de un árbol sin hojas. Lo miraba con las cuencas de los ojos vacías: los desaparecidos no regresan nunca. Lo sabía, sabía eso que tanto le susurraba aquella sombra, y no había marcha atrás.

Ahora Eugenia era un recuerdo. Mirarla ahí, en el piso, sobre una sábana de sangre, con los ojos perdidos en los de él, era lo que le quedaba. Sentado en el último peldaño de las escaleras del sótano, Mario lloraba. Escuchaba en su cabeza el golpeteo de la loza quebrándola al son de la lavadora, los rasguños metálicos de pala al hacer el hoyo, el susurro de Eugenia… Te estoy engañando, Mario. Una vez más su dulce voz. Ojos inertes y cemento fresco en el rostro de ella… y el cuchillo clavado en su cráneo. La sombra mirándolo desde aquellas cuencas vacías. A mí no me engañas, Mario, ¿la extrañas?, escuchaba ahora. Mario apagó las luces y subió las escaleras como todos los días, sollozando. Aquella sombra tenía razón, los desaparecidos no regresan nunca. Al fin y al cabo, los mensajeros no mienten.

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