Cada vez que Mario bajaba al sótano, donde estaba el lavadero, siempre era lo mismo. Los golpes secos de la máquina lavadora le taladraban el cráneo una y otra vez como el segundero estresante de un reloj. Eugenia había sido todo para él. Todo. Su recuerdo lo atormentaba. Imaginarla allí, vertiendo el canasto de ropa en las fauces del aparato, vistiendo shorts que daban paso a sus torneadas piernas, era una verdadera tortura. A mí no me engañas, Mario, escuchaba siempre en el último peldaño de las escaleras del sótano, ¿la extrañas? Aquella espigada sombra había tenido razón: los desaparecidos no regresan nunca. ¿Por qué tuvo que pasar? Lloraba. En el último peldaño de la escalera, Mario lloraba.
La Sombra. Había estado allí, en la cabecera de su cama, la noche en que Eugenia desapareció. Los mensajeros no mienten: los desaparecidos no regresan nunca. Esa noche, la noche de la sombra, él sintió a Eugenia a un lado, el lado izquierdo de la cama, su lugar, y, entre el sueño, ella le había susurrado algo al oído... Al pasar su mano, ya no la sintió. Se había ido. Sintió el cuerpo acalambrado. Deseó no haber visto aquella sombra, dar oídos a lo que decía. Parecía un monje oscuro, musitaba como la brisa nocturna al pasar entre las ramas de un árbol sin hojas. Lo miraba con las cuencas de los ojos vacías: los desaparecidos no regresan nunca. Lo sabía, sabía eso que tanto le susurraba aquella sombra, y no había marcha atrás.
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